sábado, 14 de agosto de 2010

La recolección del guano en Guañape Norte (Perú)

Roland Schulz (GEO)
Estruendo de graznidos: Los recolectores de guano trabajan rodeados de miles y miles de alcatraces chillando. Cuando los hombres se van, las aves no tardan en volver a tomar posesión del espacio.
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Sopla el viento cuando los hombres salen de sus barracas. Es de noche, el aire azota las lonas contra los agujeros que sirven de ventanas. La isla está sumergida en las tinieblas. En algún lugar de la oscuridad están las aves; sólo se escuchan: un cacarear, un graznido peleón. El sonido, cuando se lo lleva el viento, parece una risa. Murmurando saludos, el capataz repasa la fila de hombres. Atontados por el sueño, degustan con placer el frescor de la noche. Después, Luis Prudencia mira hacia el mar, oscuro como melaza. Sus ojos buscan el horizonte. Apenas hay nubes. "Hará un día caluroso hoy", dice. Ha llegado la hora. Desayunan deprisa, una taza de café por cabeza. Después, una cuadrilla tras otra sube el sendero que lleva a las aves. A sus espaldas se van extinguiendo las luces del campamento.
Esfuerzo titánico: Se necesitan dos hombres para colocar cada saco de guano, de unos 50 kilogramos de peso, sobre la espalda del porteador. Cada trabajador carga alrededor de 125 sacos diarios: en total, más de seis toneladas.
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Arrancar la costra de la tierra: Armadas con un cepillo y un gancho, las cuadrillas "peinan" cada centímetro de la isla. El gancho les permite romper el guano en trozos. Bajo esta primera corteza todo es polvo.
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Guañape Norte es una isla singular. Se alza frente a la costa de Perú. Un áspero pedazo de roca, sin tierra, sin agua. Puro páramo. Aquí no crece nada. En las cartas náuticas parece un accidente, un pequeño punto que recuerda más una mancha de café que una marca de navegación: 8 grados, 32 minutos de latitud Sur; 78 grados, 58 minutos de longitud Oeste. Alrededor de sus orillas, el mapa indica una zona restringida: prohibido desembarcar y pescar. Entre sus peculiaridades figura el hecho de que durante diez años sólo la habita una persona. Pero al llegar el undécimo año, centenares de hombres la invaden de repente y se despliegan por sus acantilados.

Los hombres se preparan. Los de la criba se colocan una pala encima del hombro. Los de las rocas necesitan cepillos y ganchos. Y los de la polea necesitan cadenas y ruedas. Por doquier, el ruido de hierro golpeando sobre hierro penetra la noche. Luis Prudencio y los demás capataces permanecen algo apartados. Forman un círculo de hombros angulosos; en el centro, Lis Prudencio, con el rostro pétreo en la oscuridad y el cuerpo pura fuerza de tendones. Su voz pesa. Conoce el guano. Tiene 51 años y, con interrupciones, lleva cosechándolo desde hace 40, como hiciera su padre. Los capataces hablan en el lenguaje abreviado de los expertos: lo que hay que hacer, dónde y hasta cuándo. Hablan por hablar porque todos saben muy bien lo que hay que hacer. Callados, vuelven a sus cuadrillas. Cuando la estrecha sombra de Luis Prudencio sale de la noche, sus hijos se ponen las capuchas. Comienza la jornada.
Sin descanso: Al final de cada turno, los porteadores están exhaustos. Trabajan tres meses sin ningún día de descanso. El sueldo ronda los 280 euros mensuales.
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El valor de la isla deriva de su ubicación en la corriente de Humboldt. Como un río encerrado en el mar, sus aguas fluyen desde la Antártida, al norte, siempre siguiendo la costa de Perú. Las aguas son tan frías que generan un clima particular en la región, una pertinaz sequía, aún reforzada por el sol de estas latitudes. Como para compensarlo, sin embargo, la corriente de Humboldt también arrastra al norte una gran cantidad de alimentos: donde la costa es desierto, el mar es el país de Jauja. Allí nadan anchoas, caballas y sardinas. En el cielo, bandadas de pelícanos, alcatraces y cormoranes son la respuesta a la rica abundancia de peces.

Las aves anidan en la isla. Lo que dejan atrás son, además de cadáveres, heces. Las altas temperaturas cuecen esa fétida masa hasta convertirla en una mezcla cáustica de nitrógeno y compuestos de fósforo, óxido de potasio e hidróxido de calcio. Se puede utilizar como abono o como materia prima para la fabricación de explosivos. Su nombre es una de las pocas palabras que el mundo tomó prestada del idioma de los incas: guano.

El olor asalta a los hombres como un depredador. Cada uno de los que entran en el reino de las aves lo percibe a su manera: los cazadores reconocen el aroma de la carnada, a los dueños de perros les recuerdo el mal aliento de los machos, los campesinos descubren un ligero toque de estiércol. Lo positivo del hedor es, dicen los hombres, que anestesia el olfato: después de tres días en la isla ya no hueles nada. La mayoría de los hombres ya lleva tres meses aquí. Imperturbables caminan por el polvo. Delante de ellos, en la oscuridad, las aves vuelan en oleadas, lanzando al viento sus gritos de advertencia. Los hombres siguen el sendero hasta que llegan a un gran acantilado sobre el mar. Ahora el suelo crepita bajo los pies a cada paso.

Nadie sabe con exactitud cuándo comenzó el ser humano a explotar el guano. Los archivos de la compañía que se encarga de recogerlo en Guañape Norte registran 1851 como primer año, pero en algunas islas se encontraron objetos que los arqueólogos atribuyen a los incas.
Los desechos de la explotación los tiran por los acantilados. Los muros de piedra que rodean la isla fueron construidos para evitar que las lluvias arrastraran el estiércol de las aves al mar.
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Tesoro amarillo: Los excrementos crudos contienen piedrecitas y restos de cadáveres de animales. Los trabajadores los vierten en una gran tela de rejilla para cribarlos y obtene el polvo amarillo de granos finos que constituye el guano.
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Lo único que se sabe a ciencia cierta es que el guano se convirtió en un negocio enorme. Durante el siglo XIX se consideraba un recurso estratégico, todo el mundo codiciaba el abono que multiplicaba las cosechas. Lo que dejaban las aves era tan importante que los Estados Unidos de América aprobaron ya en 1856 una ley que daba a sus ciudadanos la potestad de tomar posesión de cualquier isla sin dueño si había guano en ella. Los inversores trajeron suficiente capital y trabajadores chinos a Perú para asegurarse suculentos beneficios. Y el guano se convirtió en un motivo de guerra. En 1864, tropas españolas ocuparon las islas Chincha peruanas; la guerra se prolongó durante dos años. Sólo a principios del siglo pasado, cuando se descubrieron métodos para fabricar abonos de nitrógeno de forma sintética, el guano perdió su valor estratégico. A Guañape Norte, los años del boom le dejaron un tren de vía estrecha cuyas traviesas todavía hoy son muy apreciadas como leña.

Los hombres se reparten hacia todos lados. Bajan la ladera deprisa, espoleados por las órdenes de los capataces. en la oscuridad, parecen las figuras de un febril teatro de sombras. Todavía es de noche. Todavía hace fresco. Luis Prudencio dirige a sus 22 hombres a la mitad inferior de la ladera. Allí otros trabajadores ya están inclinados sobre el suelo: el cepillo en la mano izquierda; en la derecha, el gancho. Esta herramienta sirve para desprender el guano, firmemente pegado a la roca. Es una costra de tierra que se revienta cuando los ganchos se clavan dentro. Entonces el guano se rompe en témpanos; pero debajo, es polvo. De ahí el cepillo. Todo lo recogido lo meten en sacos negros. De los sacos se encargan los hombres de Prudencio. Hoy les toca transportar.

"¡Háganme una chimba!", exclama Prudencio. Dos figuras saltan hacia los sacos, agarran el más cercano y lo descargan impetuosamente sobre los hombros de otro trabajador. Chimba: cuatro manos, dos hombres, una misión. Hace generaciones que se trabaja así en los Andes. En cuanto el saco está acomodado sobre sus hombros, el porteador empieza a caminar. El su cabeza menea la capucha de tela de saco, única protección contra el polvo.

Cuando Luis Prudencio llegó por primera vez a la isla, allá por 1978, acababa de cumplir 20 años. Su padre, él mismo metido en el gremio, había decidido que el hijo era lo suficientemente hombre para ir al guano. Así que emprendieron el viaje desde las montañas de la región de Ancash a la cosa para inscribirse en las litas de la compañía. Perú considera el guano un recurso cuya explotación corresponde únicamente a organismos estatales.

Así nació la compañía. Tuvo muchos nombres, pero hoy se llama Agro Rural y forma parte del Ministerio de Agricultura. Contrató a los Prudencio. Durante nueve meses, padre e hijo trabajaron en la isla. Eran tiempos de orgullo. Había casi mil hombres. Los cargueros a los que entregaban el producto navegaban hasta Nicaragua. Incluso tenían ganado bovino en la isla, carne fresca a diario. Luis Prudencio aprendió a apreciar el trabajo.
Nido de alcatraces piqueros, muy numerosos en la isla.
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Un montón de sacos sirve para soportar el "tobogán" derejilla donde criban los excrementos. No cuentan con ningún tipo de material de construcción en la isla.
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El proceso sigue hoy igual que entonces. Escarbar es sólo el principio. Recién recogido de las rocas, el guano aún contiene piedras, plumas y huesos. Por eso llevan el guano crudo a una especie de tobogán sobre el que ponen una tela de rejilla. Esta criba separa la mezcla en desechos y un pálido polvo, fino como el azúcar, cuyo olor pierde intensidad. Embalado en sacos blancos, es vendido como guano de primera categoría: la unidad a 50 soles (unos doce euros).

Lo recóndito de su lugar de trabajo le gustó a Luis Prudencio. En la isla no existían tentaciones y la compañía daba la comida, por lo que a finales de mes le quedaba más dinero que en cualquier otro trabajo. Hoy, como entonces, la compañía trabaja a intervalos: deja que la mayor parte de las islas reposen durante diez años, los islotes muy pequeños incluso descansan más del doble. Durante este tiempo, sólo las habita un solitario vigilante que protege las aves. Al cabo de una década, el guano alcanzan medio metro de altura. Entonces llegan los trabajadores. Así conoció Luis Prudencio todas las islas y penínsulas ricas en guano: aproximadamente 90. Un novato, que no sabía distinguir un cormorán de un alcatraz, se convirtió en un avezado veterano que sabe con un vistazo al horizonte qué tiempo va a hacer.

Finalmente, la compañía lo ascendió a capataz. En el año 2005 trajo a sus dos hijos mayores, Nazario y Efraín. Pensaba que ya eran lo suficientemente hombres. Los trabajadores levantan saco tras saco, dirigidos por las escasas órdenes que Luis Prudencio cree suficientes a esta hora temprana. Los hombres todavía están llenos de energía. Ahora no hace falta el tono de mando.

Ahora que el suelo pertenece a los trabajadores hay revuelo en el cielo. Las alas producen una melodía que, precisamente por lo fugaz del sonido, parece inmensa, un aleteo multiplicado por cien. Allí arriba, en la oscuridad, vuelan legiones de aves. Las bandadas sobresaltadas son una maldición porque descargan sobre los hombres lo que estos preferirían recoger del suelo. El que sufra un impacto puede considerarse bautizado, dicen los hombres. Ahora trabajan a toda máquina. Los porteadores se deslizan como los eslabones de una cadena, los sacos montados sobre sus espaldas, cuesta arriba. Cualquier trabajo en la isla se realiza a mano. Incluso cuando se trata de estibar, y hay que mover toneladas de guano embalado, los hombres se conforman con recurrir a la mecánica clásica: montan una plataforma y un bastidor con una doble polea. Del transporte se encargan las ruedas y la gravedad. El único aparato que ayuda a los hombres es la máquina de coser para cerrar los sacos.
Contra el aburrimiento: Los hombres juegan al póquer o al casino para entretenerse. Apuestan galletas, porque no quieren malgastar el dinero que tanto esfuerzo les cuesta ganar.
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Desde tierra firme, un pálido crepúsculo desplaza la oscuridad, el mar refleja un brillo plateado. Las sombras se desvanecen. Se hace la luz. Los hombres se alzan y miran al cielo. Hay tantas aves en el cielo que nublan la vista, ningún punto fijo, sólo un sinfín de manchas oscuras que giran alrededor de sí mismas, hasta el horizonte un único remolino de pelícanos, alcatraces piqueros, charranes inca. Después viran mar adentro para pescar. Los hombres vuelven a sus tareas. Su experiencia le dice que, además de las aves, también sus jefes, los ingenieros, se activan por la mañana.

En la isla se distinguen numerosas "castas". Hay trabajadores, capataces, supervisores, marineros, dos administradores y dos técnicos, el jefe de alojamiento, y, en las cotas más altas, dos ingenieros. La jerarquía es estricta. En el comedor, desde el rango de administrador hacia arriba se come en platos pertenecientes a la compañía. Los trabajadores han de traer sus propios cubiertos.

Los hombres responden al sistema de castas con burlas clandestinas. A los ilustrísimos señores de los platitos los llaman "princesitas". Pero hay graduaciones. Alguna que otra princesita recibe un mote adicional, todo un espaldarazo entre sus filas. También respetan al ingeniero Rodolfo Lara. Es un hombre campechano que ríe a carcajadas, tiene una voz de bruto y una lengua afilada como una guillotina, pero es considerado un hombre justo. A sus 31 años es la "princesa" más joven.

El problema es el ingeniero jefe Saúl Orrego: un hombre bajito de 58 años que suele caminar por los depósitos de guano en mocasines. Los trabajadores piensan que es un soñador cuyas órdenes, a menudo contradictorias, convierten la cadena de mandos en un lío. Siempre lleva un pañuelo para limpiarse la boca. Los hombres acuñaron una ofensa nueva en su honor. Lo llaman "reina madre".

Los colores de la primera mañana son dorados. Un suave sol ha ahuyentado el frescor de la noche, la ladera está bañada por una luz cálida, el mar refulge. Pero esta belleza sólo engaña a los novatos. Los veteranos ven el sol ascendente como desgracia inminente. No hay paso que no se acelere ahora. Todos están jadeando. Se meten prisa a sí mismos. Cuando dos siluetas aparecen en el lomo de la ladera, sólo los capataces miran hacia arriba. Son la "princesa" Rodolfo y la "reina madre".
Turnos y recogida: Un hombre cuelga un lote de sacos de guano en la polea. Ningún trabajador realiza la misma tarea siempre; las cuadrillas se turnan.
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Contemplado desde lejos y con el pulso descansado, el hormigueo de los hombres parece un engranaje de cuerpos humanos. La "reina madre" interpreta esta imagen como prueba de la superior fuerza de trabajo de los indígenas. "Entre ellos trabajar duro forma parte de la tradición", dice. Le encanta silbar metiéndose dos dedos en la boca para después, gritando una orden, intervenir con algún ajuste en la máquina humana. Lo que ésta produce lo apunta cada noche en un viejo cuaderno escolar, el libro de a bordo de sus victorias: 32 toneladas de rendimiento diario por cuadrilla. Ayer se embarcaron 207 toneladas de guano de primera categoría. "Mis hombres son excepcionales", dice la "reina madre".

Los dos ingenieros no son muy amigos. Hacer juntos la ronda de inspección forma parte del buen tono. Por lo demás, nada los obliga a codearse. La "reina madre" suele retirarse pronto. La "princesa" Rodolfo se queda. Rara vez hace algún comentario. Le parece lo más sabio. Hay gente que lleva más tiempo trabajando aquí que él en este mundo. Los hombres son la masa. Él está solo.

En cuanto los trabajadores ya no pueden mirar directamente al sol comienza el tormento. Nada de sombra. Nada de viento. Sólo sol. Sus rayos tienen una fuerza implacable. Chamuscan la piel. Deslumbran los ojos. Eliminan los colores del mundo, quemándolos. Las rocas, el guano, los hombres, todo se convierte en un fantasmal marrón grisáceo.

Como para burlarse de los humanos, las aves regresan del mar. Soñolientas y con los buches llenos, aterrizan junto a la ladera como si no quisieran perderse este espectáculo: en este calor infernal, hombres con cepillos están arrodillados en las heces como si quisieran encerar una sala de baile. Los trabajadores, exhaustos del ritmo acelerado del último frescor matutino, caen en la rutina. Algunos sufren en silencio. Otros reaccionan desafiantes.
Los hombres se retiran a la barraca por la tarde, tras el trabajo. Los cubos en el suelo contienen agua ducel, que es transportada a la isla por un buque cisterna. La ración diaria es suficiente para saciar la sed y asearse de forma superficial.
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En Guañape Norte, casi todos los términos ofensivos son femeninos. Pero esto sólo es una cara de la moneda. Las mujeres desempeñan un papel esencial en la isla. en el despacho de los ingenieros cuelga un tablón que registra todo lo que la compañía aprecia de la isla. La superficie: 34,27 hectáreas. La cantidad de guano explotado hasta ahora durante esta temporada: 15.613,75 toneladas. La cifra mas importante, sin embargo, siempre actualizada cariñosamente, es la plantilla: 256 hombres. No hay ni una sola mujer.

En esta comunidad de hombres, lo femenino es al mismo tiempo objeto de máxima reverencia y desprecio. La mayor afrenta es que te consideren femenino. Quien no juega al póquer o al casino durante las horas de aburrimiento de la tarde, apostando las raciones de galletas, es una muñequita. Quien lleva pantalones demasiado cortos recibe piropos por la minifalda. Al mismo tiempo, los hombres añoran a las mujeres. La mayoría de los trabajadores ha colgado la foto de una belleza en topless junto a la cama. Los rangos más altos sacian su deseo en el único ordenador: un frágil PC en cuyo fondo de pantalla se repanchiga una Shakira en biquini: es para disimular, las fotos suculentas están escondidas en las profundidades de viejas estadísticas de explotación. Estas "concubinas", sin embargo, sólo entran en los sueños de los hombres por la tarde. Día y no, al contrario, no dejan de pensar en sus esposas o novias. No es que los hombres las acusen de ser tan libidinosas como las mujeres de las fotos, pero los largos meses de ausencia hacen que, al cabo de un tiempo, sospechen cosas que los llevan a la desesperación. Una palabra equivocada por teléfono basta para despertar la primera sospecha. Después, la imaginación se encarga de convertirla en prueba irrefutable.

Las secuelas de esta paranoia se sienten noche tras noche. Los hombres están sentados delante de las barracas; en la mano, como un talismán, el móvil. Los saldos se agotan rápidamente, por lo que los maridos tienen que esperar las llamadas de sus mujeres. Cualquier sonido de timbre los agita, pues piensan que ha sonado el suyo. El ganador se retira a la oscuridad.

El único que se atreve a burlarse del club de los corazones anhelantes es Rodolfo Lara. Los hombres se lo perdonan. Lo ven cada noche delante del edificio principal, el móvil apretado contra la oreja. Rodolfo Lara está divorciado. Encontrar un nuevo amor es difícil. Cuando Rodolfo le dice a una mujer que vive en una isla, ve en sus ojos que piensa en palmeras y playas de arena. Cuando le explica los detalles, ella desaparece.
El peor enemigo: No es el olor, ni el calor, ni el agotamiento. El peor enemigo de los hombres que criban el guano, como Domingo León, es el polvo. Se pega en las cejas y las petañas, les cubre la nariz y las mejillas hasta convertir el rostro en una rígida máscara.
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El sol está alto, el calor abrasa el acantilado. Ahora el guano arde y el polvo corta la piel, barniza el pelo, se mete en los oídos y los labios. Guano en las botas, la nariz, el pantalón y entre los dedos de los pies. En la criba es peor; al caer por la rejilla, el guano se levanta en nubes. En unos minutos, los hombres están teñidos de amarillo: excrementos de aves cuelgan de las pestañas, la barba y las cejas.

Los hombres están exhaustos. Entrecierran los ojos. El mundo se reduce al próximo saco, a la espalda del hombre delante de ti, el sudor sobre la frente. Se pierde la noción del tiempo. Llega un momento en que muchos sólo piensan en agua para beber. Entonces Luis Prudencio piensa en el pedazo de tierra que compró gracias al guano. Le costó 5.000 dólares, invirtió el sueldo de toda una vida.

Después, un silbido. El supervisor. Ríe. Los hombres han alcanzado el objetivo del día. Dondequiera que estén, caen al suelo. Quien todavía tiene aliento, grita: "¡Listo, listo!" Para los trabajadores es el momento más bonito de la isla. Cuando de pronto todo se ha acabado.
Sol implacable: Durante diez años, las altas temperaturas han cocido la capa de heces acumulada sobre la tierra y la han convertido en una costra muy dura. Los hombres la rompen en pedazos con un pico.
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Categoría: CLASE OBRERA

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