miércoles, 8 de junio de 2022
Un 40% de los abogados del Estado, la profesión de Macarena Olona de Vox, en excedencia y trabajando en empresas privadas
miércoles, 25 de mayo de 2022
Hay municipios en Andalucía donde el PSOE en las autonómicas ya fue la cuarta fuerza política
Por Carlos Rocha
Desde que Antonio Enciso tiene derecho a voto, nunca ha visto otro resultado en unas elecciones municipales de su ciudad que no acabe con una victoria de Gabriel Amat. El veterano alcalde de Roquetas de Mar dirige el ayuntamiento almeriense desde 1995 y cuenta con cuatro mayorías absolutas en su haber. Allí el PSOE fue la cuarta fuerza en las elecciones autonómicas de 2018, por detrás del PP, Vox y Ciudadanos. Y de ese extremo oriental de Andalucía, en una reunión de la agrupación socialista de Roquetas, Enciso soltó una frase que se ha convertido en el lema alternativo del PSOE andaluz en esta precampaña de las elecciones del 19 de junio. "Si votamos, ganamos" es la arenga para movilizar a las bases y simpatizantes que, con su abstención en 2018, facilitaron la salida de los socialistas de la Junta después de 37 años de mandatos ininterrumpidos.
"Fue muy casual", cuenta Enciso, que encuadra la reunión en el inicio de los trabajos de precampaña en Almería. En el encuentro, el pasado 13 de mayo, estaba el número uno del PSOE por la provincia y secretario general, Juan Antonio Lorenzo, para presentar la candidatura a los militantes. Enciso, que estudió Ciencias Políticas y no tiene ningún cargo orgánico, se mostró convencido en la reunión de que "si se vota, se gana". "Es imposible que se haya dado la vuelta al calcetín en tres años y medio; sobre todo cuando después en las generales el PSOE sacó buenos resultados", defiende este joven, que trabaja en un despacho de abogados. Al día siguiente, 14 de mayo, Juan Espadas compartió un acto en Roquetas con el líder socialista en Almería, quien retomó la idea de Enciso. Y al candidato le gustó tanto que la hizo suya, un día después, con Pedro Sánchez en la localidad jiennense de Torredelcampo. Desde entonces, la etiqueta #SiVotamosGanamos comparte espacio con los lemas oficiales de campaña en los mítines y en las redes sociales del PSOE, tanto a nivel autonómico como nacional.
La idea de Enciso caló muy bien en un partido con el ánimo justo en su primera experiencia en la oposición. No hay ni una sola encuesta que pronostique un vuelco que impida a Juanma Moreno repetir en San Telmo después del 19 de julio, pero en el PSOE están convencidos de que hay una "campaña" animada desde el Ejecutivo andaluz para incidir en esa sensación de que "está todo resuelto". El perfil del candidato y líder socialista, más gestor que político, tampoco entusiasma a todo el mundo, aunque eso no significa que haya respuesta interna al liderazgo de Juan Espadas. Pero fuentes socialistas admiten en privado que hay temor de que esa desmovilización de 2018 pueda repetirse tres años y medio después. De eso depende que Juanma Moreno se consolide y desencadene una larga travesía por el desierto para el PSOE andaluz.
- El escenario de los 41 diputados.
En la sala de máquinas de San Vicente, no obstante, trasladan optimismo y lo asocian directamente a la activación de las bases asociada al "si votamos, ganamos" que ideó Enciso. A pesar de que el PSOE obtuvo su peor resultado en unas autonómicas en 2018, ganó en todas las provincias, salvo en Almería. Y esa meta es la que vuelven a ponerse los socialistas, conscientes de que la Ley D'Hondt premia al partido más votado en cada circunscripción en comparación con los segundos y terceros.
El escenario que plantean en el equipo de Espadas pasa por reactivar a esos 400.000 votantes que, según las encuestas poselectorales de 2018, se quedaron en casa y dejaron a Susana Díaz con poco más de un millón de votos. Todas las fuentes consultadas recuerdan que solo cinco meses después, en las generales de abril de 2019, la marca del puño y la rosa volvió al millón y medio de votantes en un ambiente de amplia movilización. En la localidad donde nació la arenga socialista del 19-J, Roquetas de Mar, el PSOE pasó de ser cuarta fuerza a liderar el resultado. Era la primera vez que en este municipio almeriense los socialistas eran los más votados en unas generales desde 1989.
Llegar a ese millón y medio de apoyos puede ser una meta ambiciosa, pero con solo recuperar a una parte de los abstencionistas, en San Vicente confían en alcanzar los 40 escaños. "Con un escaño más en cada provincia, llegamos a 41", apunta un dirigente del PSOE andaluz, donde piensan que los 33 asientos logrados el 2-D son el suelo del partido. Un resultado peor haría temblar el liderazgo de Espadas, pero en su entorno niegan que se pueda abrir un debate sobre su continuidad, dado el calendario electoral que se inaugura con las andaluzas de junio y con las municipales a menos de un año.
Hay quien, dentro del PSOE, es incluso más optimista y cree que la pugna por ser el partido más votado el 19-J estará "en un puño". Los mensajes lanzados por Juanma Moreno en los últimos días, con llamadas al voto a los confiados y la posibilidad de una repetición electoral, son para los socialistas una muestra de "miedo", pero también el reflejo de que en San Telmo no están tan seguros de la victoria. En esto tiene mucho que ver el resultado que Vox sea capaz de alcanzar en las elecciones y hasta qué punto el PP salga perjudicado por el posible auge de los de Santiago Abascal. "Va a ser una pelea caníbal entre el PP y Vox", augura esta fuente del PSOE, que también se muestra concernida por la "complejidad" de activar a los votantes de izquierdas. Y no solo alude a los suyos, sino a las fuerzas más escoradas hacia la izquierda después de la pugna fratricida que ha sumado un nuevo capítulo este martes con el reparto de la subvención electoral entre Por Andalucía y Adelante Andalucía, de Teresa Rodríguez.
Desde que Antonio Enciso tiene derecho a voto, nunca ha visto otro resultado en unas elecciones municipales de su ciudad que no acabe con una victoria de Gabriel Amat. El veterano alcalde de Roquetas de Mar dirige el ayuntamiento almeriense desde 1995 y cuenta con cuatro mayorías absolutas en su haber. Allí el PSOE fue la cuarta fuerza en las elecciones autonómicas de 2018, por detrás del PP, Vox y Ciudadanos. Y de ese extremo oriental de Andalucía, en una reunión de la agrupación socialista de Roquetas, Enciso soltó una frase que se ha convertido en el lema alternativo del PSOE andaluz en esta precampaña de las elecciones del 19 de junio. "Si votamos, ganamos" es la arenga para movilizar a las bases y simpatizantes que, con su abstención en 2018, facilitaron la salida de los socialistas de la Junta después de 37 años de mandatos ininterrumpidos.
miércoles, 18 de mayo de 2022
Elites de poder económico en Andalucía
Por Manuel Delgado Cabeza
En la última década (2011-2020), mientras se recortaba casi todo lo social y empeoraban las condiciones de vida de la gran mayoría de la población en el Estado español, el valor del patrimonio de las 200 grandes fortunas se ha duplicado, pasando de 129.400 a 266.500 millones de euros. Los diez mayores patrimonios pasan de acaparar un 32,1% del total de los 200 en 2011 a acumular el 47,6% del mismo en 2020 (Informe anual de El Mundo). Este enriquecimiento de los más ricos no tiene como fuente “lo productivo”, como muestra la evolución del PIB, que apenas crece en este período, ni es el resultado de trabajo, utilidad o función social alguna; es consecuencia de la mera revalorización de activos, financieros, inmobiliarios u otros; del aumento del precio de acciones y títulos adquiridos muchos de ellos con lo obtenido en revalorizaciones anteriores; “lucro sin contrapartida” como señala José Manuel Naredo en su Taxonomía del lucro. Formas de hacer dinero predominantes en esta etapa del capitalismo que engordan a una oligarquía parasitaria que ve así acrecentarse su capacidad de compra para poder seguir aumentando su riqueza y su poder. Una élite económico-política que solapa con frecuencia sus comportamientos especulativos con prácticas depredadoras de caciquismo clientelar, tratos de favor y saqueo de lo público que le permiten ampliar la apropiación de riqueza ya producida.
En 2020, de estas 200 grandes fortunas, más de la mitad están localizadas en Cataluña, Madrid y el País Vasco, concentrándose en estos centros hegemónicos la riqueza y el poder dentro del Estado. Andalucía se sitúa en la otra orilla, con 11 apellidos entre los 200 y el 2,2% del valor patrimonial[i]. Según estos datos, la élite económica andaluza ocupa un lugar residual en la distribución del poder económico dentro del Estado; en su conjunto es una élite raquítica, con dos actividades predominantes asociadas a los apellidos que la integran: la agroalimentaria y en mucha menor medida el binomio construcción y turismo. La situación periférica de Andalucía, empobrecida y subalternizada por su dedicación, -área de extracción y de vertidos-, no debe ser ajena a esta jerarquización de las grandes fortunas dentro del Estado.
La evolución de los patrimonios vinculados a los activos agrarios o agroalimentarios, sobre los que se ha venido sosteniendo históricamente el poder de las élites en Andalucía, ha experimentado en las cuatro últimas décadas una doble trayectoria. Por un lado, la parte más saneada del acervo empresarial local ha sido apropiada y/o puesta al servicio de estrategias financieras de creación y apropiación de valor por parte de grandes corporaciones transnacionales, con una fuerte pérdida de protagonismo del capital y los grupos locales de poder. La novela de Caballero Bonald En la casa del padre da cuenta de cómo para esta vieja oligarquía agraria, “centinelas de la patria” española, acostumbrada a ostentar “una preponderancia aprendida de otra preponderancia”, en los 80 del siglo pasado “todo tenía ya un áspero, un insorportable olor a decadencia”.
Dentro de este grupo nos encontramos con apellidos como Domecq, Osborne, Larios, o Carbonell, cuyos patrimonios empresariales fueron adquiridos por grandes corporaciones a partir de mecanismos apoyados en la “creación de valor” a la que antes me refería, como la emisión de títulos, deuda no exigible que les proporciona capacidad de compra y hace posible la apropiación de riqueza ya creada. En el caso de la adquisición, a finales de los noventa, del grupo Cruzcampo por Heineken (649 millones de euros), la multinacional cervecera consigue muy pronto sumar a esta apropiación la de plusvalías por valor de 300 millones de euros generadas por una operación de especulación inmobiliaria en los terrenos donde se situaba la fábrica. Para eso hubo que cambiar el plan urbanístico de Sevilla, que tenía como pilar básico “la participación ciudadana”. En una maniobra especulativa que se justifica por parte de la corporación municipal, gobernada por un pacto entre el PSOE e Izquierda Unida, por la búsqueda y utilización de “espacios de oportunidad” bajo el lema: «Sevilla, la construcción de un sueño». Espacios donde pueda hacerse dinero conforme a las nuevas formas de enriquecimiento, en este caso recalificando terrenos que al convertirlos en residenciales se considerarán más “productivos” por las plusvalías que se obtienen a partir de su revalorización. Utilizando la metáfora de la producción se procura la apropiación de riqueza a partir de un proceso meramente especulativo.
Con estas adquisiciones, los grupos apropiados pasan a ser piezas de un puzle gobernado desde estrategias financieras propias del capital global, utilizándose ahora una parte de los establecimientos para la distribución y/o el embotellado de marcas globales, globalizándose también los proveedores, o trasladándose la producción, como ocurrió en el caso de Larios, fuera de Andalucía, con el consiguiente deterioro de los tejidos económicos locales.
El otro camino seguido por esta burguesía agroalimentaria ha sido el de prosperar con la globalización de sus negocios o, utilizando su posición de poder, convirtiéndose en concesionarios de grandes corporaciones multinacionales. En este grupo, entre las familias que han expandido sus negocios hasta convertirlos en globales o han prosperado con la adjudicación de procesos de elaboración y distribución de grandes marcas multinacionales encontramos apellidos como González-Gordon, Osborne, Caballero, las ramas familiares Bohórquez Domecq o los Mora-Figueroa Domecq, todas fortunas ligadas en su origen a la vieja oligarquía terrateniente-bodeguera jerezana.
De los integrantes de esta burguesía vinculada al marco de Jerez quienes han alcanzado los valores patrimoniales más altos, la familia Mora-Figueroa Domecq y Ana Bohórquez Escribano (4º y 6º lugar en Andalucía en 2020), lo han hecho como concesionarios de la mayor corporación mundial de bebidas: Coca-Cola, cuya franquicia, Rendelsur, ha ido experimentando un fuerte proceso de crecimiento, llegando a ocupar durante muchos años el segundo lugar, después de Heineken, entre las empresas agroalimentarias con sede en Andalucía. La revalorización de los activos financieros de esta empresa ha sido el fundamento del auge patrimonial de estas familias.
Los Mora-Figueroa Domecq regentan hoy un extenso entramado de fincas, con 25.000 hectáreas de tierra de su propiedad, bodegas, suelo e inmobiliarias. Propietarios de grandes latifundios como Las Lomas, (12.000 hectáreas), son también los dueños del Santa María Polo Club de Sotogrande, punto de encuentro de las mayores fortunas del mundo. Como otras muchas familias de terratenientes andaluces, la familia Mora-Figueroa sobresalió por su apoyo a la sublevación militar de 1936 y al franquismo después. Como cuenta Paul Preston en el capítulo de El holocausto español “El terror de Queipo: las purgas de Andalucía”, miembros de la familia Mora-Figueroa fueron destacados integrantes de Falange y participaron activamente en la insurrección encabezando una columna junto con otros representantes de la oligarquía terrateniente jerezana que llegó a conocerse como “el Tercio Mora Figueroa” que protagonizó la toma y la represión de una parte de la provincia de Cádiz, de la Serranía de Ronda, de Málaga capital y de zonas de Córdoba y Badajoz. El premio a esta fidelidad terminaría siendo su mejor negocio: la concesión de Coca-Cola en Andalucía y Extremadura. El reparto de las licencias de esta marca la hizo en 1951 Juan Manuel Sáinz de Vicuña, casado con María Fernanda Primo de Rivera, nieta del anterior dictador y miembro también de esta oligarquía terrateniente jerezana.
Esta vieja oligarquía agraria andaluza, que históricamente tuvo una participación decisiva en el empeño por construir un Estado-nación español, defendió siempre sus intereses “pensando en Madrid”; desde su integración en el bloque de poder dominante dentro del Estado, y desde su inserción o su influencia en las instituciones de gobierno del mismo. El reacomodo de parte de esta burguesía, que sigue ocupando un lugar importante dentro de las élites de poder económico en Andalucía, a los nuevos modos de convertir el dinero en más dinero no ha cambiado esa perspectiva sobre desde donde se protegen sus intereses.
Para ilustrar en los últimos años la conexión de estos clanes organizados con las redes de poder que garantizan la reproducción de sus posiciones de privilegio desde el Estado se puede tomar el caso de Miguel Arias Cañete, máxima expresión de las puertas giratorias y punto de intersección de diversos círculos de influencia económica y política. Casado con Micaela Domecq Solís-Beaumont, una de las mayores latifundistas de Andalucía, cuya familia recibió 1,8 millones de euros en subvenciones de la PAC mientras Arias Cañete era ministro de agricultura a través de empresas a las que él estuvo vinculado como administrador. El cruce entre los apellidos Domecq y Arias produce una densa maraña de intereses empresariales cuyo capital acumulado fue desviado en parte a paraísos fiscales, como mostraba la aparición de Micaela Domecq en “los papeles de Panamá”, en un ejemplo claro de cómo estas élites andaluzas continúan utilizando con impunidad el aparato del Estado, ampliado ahora al de la Unión Europea, para ampliar su riqueza y su poder. Continúan vigentes las palabras de Joaquín Costa en su Oligarquía y Caciquismo de 1901: El gobierno del Estado “no es un régimen parlamentario viciado por corruptelas y abusos, sino un régimen oligárquico servido por instituciones aparentemente parlamentarias donde eso que llamamos desviaciones y corruptelas constituye la forma verdadera del Estado”
La Junta de Andalucía replica, acompaña y participa de este neocaciquismo desde una posición de clara subalternidad. ¿Qué hubiera dicho aquel jornalero andaluz que en la 2ª República, ante el capataz mandado por el amo para comprar su voto exclamó, negándose, “en mi hambre, mando yo” al enterarse de que los supuestos representantes del pueblo al que él pertenecía otorgaban en 2006 a Cayetana Fitz-James, Duquesa de Alba, veinte veces Grande de España, el título de Hija Predilecta de Andalucía?
Pertenecientes a una saga con origen en la burguesía agraria andaluza y vinculados y emparentados con otras ramas de la misma, hay que incluir aquí a los Benjumea, hasta 2015 “amos” de Abengoa, empresa fundada en 1941 y en sus comienzos dedicada a montajes eléctricos, que más tarde extendió su radio de acción a otros campos como infraestructuras, energía, ingeniería y construcción, convirtiéndose con el tiempo en un grupo empresarial multinacional que durante muchos años fue el más importante con sede en Andalucía.
Los Benjumea llegaron a Andalucía desde la Rioja en el siglo XVI con motivo de la conquista castellana y a la sombra del Duque de Osuna dos siglos más tarde estaban en la cúspide social de La Puebla de Cazalla como ganaderos y grandes propietarios de tierras. También la familia Benjumea, como veíamos que ocurrió con otras familias de la oligarquía agraria, colaboró a fondo con los sublevados del 36, y eso les rindió grandes beneficios. Formaron parte de las milicias paramilitares falangistas que a caballo “limpiaron” los campos andaluces bajo las órdenes de Queipo e Llano; razias en las que participaron también de manera significativa personajes como Rafael Medina Villalonga, Duque de Medinaceli, nombrado alcalde de Sevilla en 1943 y Ramón Carranza Gómez, marqués de Soto Hermoso, que también fue alcalde de Sevilla entre 1936 y 1938, “uno de los responsables de la represión salvaje del barrio de Triana” (A. Maestre, «Franquismo S.A.», 2019).
De los Benjumea el nombre más ilustre y en mayor medida beneficiario de los favores del franquismo fue Joaquín Benjumea Burín, que perdió a un hijo falangista en los inicios de la sublevación militar en la que él también intervino activamente organizando la retaguardia bajo el mando de Queipo de Llano, siendo alcalde de Sevilla en 1938 y 1939. Posteriormente fue Ministro de Agricultura de 1939 a 1941 y luego Ministro de Hacienda (1941-1951) y Gobernador del Banco de España (1951-1963). Un amplio historial en las esferas del poder político del dictador, que le otorgó en 1951 el título de Conde de Benjumea.
Un sobrino de Joaquín Benjumea, Javier Benjumea, fundó en1941 Abengoa, siendo su tío ministro de Franco; pronto obtuvo del Estado una contrata que supuso un impulso fundamental para que la entonces pequeña compañía se convirtiera en una gran empresa: la concesión de la electrificación de RENFE, un año después de que otro tío suyo, Rafael Benjumea Burín, Conde de Guadalhorce, fuera nombrado presidente de la citada compañía ferroviaria. Nada más lejos del “hecho a sí mismo” asociado al relato ideológico de la meritocracia con el que tratan de justificarse posiciones de dominio y de poder. Desde los años 80 del siglo XX fue sobre todo el paraguas del PSOE el que cobijó los intereses de Abengoa, tejiéndose una densa red de conexiones político-empresariales que facilitó la expansión del grupo.
A la estrecha relación con la Monarquía, que concedió al fundador de la empresa el título de Marqués en 1994, se sumaron numerosos intercambios de favores con quienes en cada momento gestionaban el poder político en las instituciones del Estado, exprimiéndose el uso de las puertas giratorias. Alberto Aza, jefe de la Casa Real entre 2002 y 2011 “ponía cara a la participación accionarial que el rey Juan Carlos detentaba en la empresa”, estando José María Aznar “informado de que los Benjumea darían un paquete de acciones – ¿a cambio de qué? – al Rey Juan Carlos”…. “El hijo de Aza fue miembro del consejo de administración de Abengoa Bionergía. El mismo consejo donde se sentó Carlos de Borbón Dos Sicilias, primo del Rey”. (Carlos Pizá, “Reino de España: Abengoa, ingenieros de la conexión”. Sin Permiso, 30/10/2017).
Además de los ya citados, en la trama de conexiones aparecen nombres como los de el expresidente José María Aznar, Luis Atienza, exministro de Agricultura, el exministro de Industria Miguel Sebastián y su hermano Carlos o Ricardo Martínez Rico, “uno de los más cercanos asesores de Cristóbal Montoro desde 1996” y compañero suyo en la consultora Equipo Económico. “Abengoa, líder en energía termosolar, continuó recibiendo las primas a las renovables en contra del criterio del ministro de Industria, José Manuel Soria. Montoro, ministro de Hacienda, jugó aquí un papel fundamental. Pese al silencio mediático, la ubicación de Ricardo Marínez Recio en el consejo de Abengoa y la de su hermano Felipe como director del gabinete del ministro Montoro no pueden considerarse precisamente casuales” (Andrés Villena, «Las redes de poder en España», 2019).
Como muestra del uso de puertas giratorias valgan los casos de José Borrell, exmiembro de varios gobiernos del PSOE, que fue miembro del consejo de administración de Abengoa y presidente del consejo asesor internacional del grupo, o el de José Domínguez Abascal, mano derecha de Felipe Benjumea, al que llegó a sustituir en la presidencia en 2015 y que fue Secretario de Estado de Energía del Ministerio para la Transición Ecológica desde 2018 a enero de 2020, cargo que tuvo que abandonar tras su imputación en la investigación judicial abierta por las graves irregularidades detectadas en la parte del proyecto de AVE Meca-Medina ejecutada por Abengoa.
También en la Junta de Andalucía encontró Abengoa concesiones y ayudas a cambio de favores, pero las conexiones aquí son residuales y mucho menos trascendentes. Coincidió que las ayudas de la Junta fueron abundantes en la etapa en que una hija del entonces presidente, Manuel Chávez, estaba asociada a la empresa. Ya el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía había abierto un expediente sancionador a Manuel Chávez a raíz de que la empresa minera Matsa, a la que la hija pertenecía con funciones de asesoramiento jurídico, recibió 10,1 millones de euros a través de un incentivo aprobado en un Consejo de Gobierno presidido por su padre (Diaro de Sevilla, 15/1/2011).
En consonancia con el comportamiento que veíamos en las élites vinculadas a activos agrarios y agroalimentarios en el artículo anterior y a pesar de que los Benjumea mantuvieron la sede de la empresa en Sevilla, sus intereses se protegían desde Madrid, y fue ahí donde se volcaron para conseguir influencia y para poner al poder político a su servicio.
A principios del año 2015 Felipe Benjumea aparecía en el número 19 en la lista de «Los 200 más ricos de España», (El Mundo), con un patrimonio en bolsa de 694 millones de euros. En septiembre de 2015 los 30 bancos acreedores de la empresa le daban un ultimátum para que cediera el control de la misma. Después de décadas de expansión incontrolada, de megaproyectos cargados con sobrecostes, de generosas subvenciones recibidas de las instituciones públicas, de préstamos pedidos para proyectos aún inexistentes con los que financiaban los agujeros de los que estaban en marcha, enredando sus cuentas en una maraña de 900 sociedades, después de prácticas que iban desde crear sociedades para que la familia pudiera apropiarse de plusvalías excluyendo al resto de los accionistas hasta la manipulación de la contabilidad de la empresa como práctica generalizada, reflejando las cuentas una “notable alteración de la real apariencia de la situación económico-financiera”, como consta en el Informe de la Audiencia Nacional (Elena Sevillano, El País 3-2-2020), después de abusos en las relaciones laborales -los trabajadores le llamaban Palmatraz al campus de Palmas Altas, donde se encuentra la sede corporativa-, los herederos de Abengoa, empresa que aparentaba ser modélica dentro del IBEX-35, llevaron a la empresa a la ruina. Felipe Benjumea dejó a Abengoa con un pasivo total de deudas de 25.000 millones de euros y en ocho meses quedaron en la calle más de 5.000 trabajadores. A pesar de este enorme fraude, Felipe Benjumea se aseguró antes de irse una indemnización (¿?) de 11,5 millones de euros y 4,5 millones para su mano derecha, Manuel Sánchez Ortega.
Cuando desde la economía convencional se invoca a los mercados como fuerzas impersonales que determinan la vida de la gente se está otorgando impunidad a comportamientos parasitarios y sin escrúpulos guiados por la avaricia y el poder. Este papel encubridor de la ideología económica dominante es el que El Roto desvela cuando dice que “la economía es una rama del ilusionismo”.
No pocos de los apellidos aparecidos en los artículos anteriores y otros nuevos que surgieron al calor de la burbuja inmobiliaria, encontraron en las plusvalías asociadas al negocio inmobiliario una manera fácil y rápida de hacer dinero basada en la revalorización del suelo y los activos inmobiliarios; un negocio con la llave en manos del poder político local, en el que se extendieron las prácticas caciquiles, la corrupción y las componendas relacionadas con el mismo. En la etapa de auge (1997-2008), los amos del negocio inmobiliario apoyaron su expansión en dos pilares: las cajas de ahorro y el poder político local. Las cajas de ahorro, en manos de quienes tenían el control del poder político, asumirán un papel fundamental no sólo en la financiación de los proyectos urbanísticos, sino también como actores que intervienen directamente en el negocio inmobiliario a través de sociedades participadas. Dándose la paradoja de que quienes debieran procurar, desde las instituciones políticas, la ordenación del territorio, el uso del suelo y la planificación urbanística en beneficio del conjunto de la sociedad, vienen a ser los mismos que desde el gobierno de las cajas alimentaban un modelo urbanístico en el que se “ordenó” el territorio andaluz a golpe de convenios urbanísticos urdidos en la trastienda de partidos políticos y empresas. Actuando los profesionales de la política como gestores o “conseguidores” de negocios hechos en beneficio de ellos mismos y de unos pocos que llenaron sus bolsillos hipotecando el futuro del resto. “Votemos a los constructores y dejémonos de intermediarios”, decía un personaje de El Roto. El expolio se llevó por delante también a las cajas de ahorro andaluzas, que fueron absorbidas, salvo alguna excepción como Unicaja, por grupos bancarios localizados en Cataluña, Madrid y el Pais vasco, reforzándose así dentro del Estado la concentración del poder económico localizado en las economías centrales.
En este contexto cabe señalar que los apellidos que lideran en Andalucía el negocio inmobiliario son propietarios de grupos empresariales medianos y pequeños, como nos muestra el lugar que ocupan en el ranking español. Cuando el proyecto sobrepasa una determinada envergadura, los grupos andaluces que intervienen juegan un papel subalterno como subcontratistas o auxiliares de los grandes grupos con sede en Madrid o Cataluña. Los metros de Sevilla y Málaga pueden ilustrar esta subalternidad. En su construcción, las empresas andaluzas juegan el papel de satélites alrededor de astros como ACS, y Sacyr en el caso de Sevilla y FCC en Málaga, las tres involucradas en varios casos de corrupción y con apellidos detrás como Florentino Pérez, March, Carceller o Koplowitz, los tres últimos asociados a imperios empresariales protegidos y expandidos bajo el amparo del régimen de Franco. Los Metros de Sevilla y Málaga se construyeron con sobrecostes -costaron el doble de lo previsto-, justificados utilizando procedimientos que, según un Informe de la Cámara de Cuentas de Andalucía carecían de cobertura legal.[ii].
Muchos de los capitales hechos en Andalucía al calor del ladrillo terminaron en un rosario de procesos judiciales del que quizás el más emblemático fue el conocido como caso Malaya, un entramado descubierto a mitad de la década de los 2000 que encubría los delitos de cohecho, malversación de caudales públicos, prevaricación, tráfico de influencias y otros; con personajes como Julián Muñoz o, después de la muerte de Jesús Gil, el capo de la trama, Juan Antonio Roca, al que por aquel entonces algunos llamaban, con ese sentido del humor que aquí ha ayudado siempre a sobrellevar el malestar, “el aloe vera”, porque, “cuanto más se le investiga, más propiedades se le encuentran”.
Al margen de los procesos judiciales, el estallido de la burbuja en 2008 se llevó por delante a muchos de quienes habían conseguido, gracias a ella, hacer fortuna. Entre ellos destaca en Andalucía el caso del sevillano Luis Portillo. “Salido de la nada”, pero protegido por el PSOE y a la sombra de la Expo 92, el llamado príncipe del ladrillo llegó a acumular en 2006 un patrimonio bursátil y empresarial estimado en 3.785 millones de euros, siendo según Forbes la tercera fortuna de España. Ese año presidía tres grandes inmobiliarias: Inmocaral, Colonial y SFC. Con la presentación en 2012 del concurso de acreedores por parte del Grupo Zent Inversiones, cabecera de su holding patrimonial, llegaba el ocaso de este personaje, hoy prácticamente desaparecido. Los daños sociales y ecológicos que causó la avaricia y la ambición de riqueza y de poder de este “emprendedor” perdurarán durante muchos años.
Entre los patrimonios fraguados al amparo del negocio inmobiliario que han conseguido trascender la coyuntura de la última burbuja cabe citar a la familia Cosentino, -en quinto lugar, entre los ricos de Andalucía en 2020, con un patrimonio valorado en 550 millones de euros-, dueños del Grupo Cosentino, nacido de la extracción del mármol de Macael. Hoy a través de la sociedad Surister invierte en suelo, inmuebles y hoteles y gestiona fondos de inversión a través de Artá Capital (Grupo March). Entre las mayores fortunas de Andalucía -265 millones de euros – figura también la familia Beca Borrego (Grupo Bekinsa), con inversiones inmobiliarias, hoteleras y agrícola-ganaderas en 11.000 hectáreas de su propiedad. Son dueños de la Sicav (sociedad de inversión de capital variable, fórmula societaria creada en 1983 por el gobierno de Felipe González y utilizada en la práctica por las grandes fortunas para eludir impuestos) Almaro y sus inversiones se localizan en Andalucía, Extremadura, Portugal y Uruguay.
A menor escala cabe citar los nombres de Contreras Ramos (Grupo Azvi, primera constructora andaluza, con una importante expansión internacional, aunque en el lugar 54 en el ranking español); Sánchez Domínguez, grupo Sando, segunda constructora andaluza (76 en la clasificación española), para el que la concesión de varios tramos de la autovía A-92 se convirtió en la principal fuente de ingresos y base de la expansión del grupo. También puede mencionarse al segundo accionista de Sacyr a través de Beta Asociados, José Moreno Carretero, con inversiones en todo tipo de fondos a través de Beta Equity, sociedad de capital riesgo.
Algunos apellidos vinculados al negocio inmobiliario han conseguido, después de atravesar situaciones difíciles, salvar parte de sus patrimonios; es el caso de Nicolás Osuna, propietario del grupo NOGA, que ha experimentado una fuerte reestructuración en 2015 dando lugar a Inmobiliaria Osuna S.L., un entramado empresarial del que forman parte Noga Capital, inversora para operar con valores y activos, o la división de la cadena Hoteles Center, S.L. Osuna es también propietario de miles hectáreas de olivar, agrupadas bajo la firma Haciendas del Sur, que le convirtieron en uno de los de los mayores receptores de ayudas de la Política Agraria Comunitaria (PAC). Como lo son otras familias andaluzas de las ya aquí reseñadas. Desde 2008 a 2016, 60 de las 200 mayores fortunas del Estado español cobraron más de 250 millones de euros en subvenciones de la PAC (eldiario.es 28-03-2016). Tres “grandes familias” afincadas en Andalucía encabezan la clasificación: Los Mora-Figueroa Domecq, con 50 millones de euros, los Domecq, con 37 y la familia Hernández Barrera, con 29.
Aunque muchos de los negocios inmobiliarios anteriormente reseñados han crecido a la sombra del “desarrollo” turístico, el territorio andaluz se ha convertido en una pieza central para las grandes cadenas turísticas globales, estrechamente vinculadas al capital financiero e inmobiliario, de tal modo que en Andalucía apenas existen hoy patrimonios de cierta entidad vinculados al negocio turístico local. Entre la relación de los cien primeros grupos hoteleros en 2018 dentro del Estado, sólo cuatro tienen su sede en Andalucía y de entre ellos, solo dos pertenecen a familias con patrimonios de cierta entidad.
Uno es el grupo Center, propiedad de Nicolás Osuna, terrateniente y constructor a quien nos referimos antes. El otro es el Grupo Hoteles Playa, propiedad de la familia Rossell, asentada en Almería. La expansión de este grupo fue impulsada por Unicaja y el primer escándalo en el que se vió envuelto José María Rossell, casado con la entonces senadora del PP María del Mar Agüero, vino como resultado de la investigación de la trama asociada a la operación Malaya. El Hotel Senator de Marbella, perteneciente a Hoteles Playa, fue precintado en 2006 después de que su licencia de obra, otorgada por el alcalde Julián Muñoz, hubiera sido declarada ilegal y suspendida en 2004 por el Tribunal Superior de Justicia en Andalucía. Más adelante, en 2010 fue detenido, considerado testaferro de Dimas Martín, expresidente del Cabildo de Lanzarote y epicentro de un importante entramado de corrupción en la isla. La entrada de Rossell en negocios vinculados a la familia Martín coincidió con la concesión a aquel de una licencia de obras para construir un hotel de cinco estrellas en Lanzarote que no se vio concluido porque el Tribunal Superior de Justicia de Canarias anuló la licencia por haber sido concedida por el ayuntamiento presidido por Dimas Martín de forma irregular. A pesar de su papel clave en estos casos de corrupción, José María Rossell y su grupo empresarial aparecen hoy como modelo a seguir, habiendo recibido numerosos premios y reconocimientos, entre otros el nombramiento por parte de la Consejería de Turismo de la Junta de Andalucía como “Mejor empresario del Sector Turístico”. En otro ejemplo más de asociación entre carencia de escrúpulos y éxito empresarial.
Vuelve a evidenciarse aquí el predominio de las formas de apropiación de riqueza a partir de extraer plusvalías de un valor que no tiene que ver con la función del empresario como productor de mercancías, sino que se obtiene a través de meros procesos especulativos, de revalorización de activos, dando lugar a la acumulación y concentración de la riqueza en manos de unos pocos por desposesión y/o adquisición de lo que pertenece a la mayoría. En un contexto en el que no es el “libre” mercado el que organiza la economía sino los intereses y el poder de quienes son capaces de imponer las reglas del juego poniendo al sistema político y a otras instituciones del Estado a su servicio; la idea de mercado encubre así el gobierno del poder económico y las relaciones de dominación sobre los procesos de toma de decisiones económicas, sociales y políticas.
Las élites económicas son hoy la encarnación más cruda del homo economicus, de su orden patriarcal y colonial, un hombre que actúa sin restricciones morales o éticas, utilizando a los demás y a la naturaleza como meros instrumentos para satisfacer su ambición insaciable de riqueza y de poder. Desde una individualidad inventada negando los cuidados y las emociones ligadas con las relaciones afectivas. Desde una racionalidad para la que lo indispensable es inútil.
Cuando el coronavirus pone más en evidencia que somos vulnerables, interdependientes y ecodependientes, (yo soy si tú eres), estas élites parecen haber encontrado, en una pandemia que todo apunta a que tiene mucho que ver con la depredación propia del homo economicus, las condiciones idóneas para extender una digitalización, que en nombre de la tecnolatría y el “progreso” acentuará el aislamiento y la disolución de los vínculos comunitarios, facilitando así el control social, y el sometimiento a los designios del Poder. En un momento en el que, si queremos evitar la barbarie, es urgente cambiar la necesidad de dominar por la fuerza que dan el compartir, las raíces y los vínculos con los demás. Comunidad frente a dominación. En esta encrucijada estamos.
(Notas):
[i] Para la localización de los patrimonios se sigue el criterio de ubicación espacial o residencial de las familias o individuos propietarios de los activos y no el del emplazamiento de las sedes de las empresas a los que estén vinculados.
[ii] Una presentación detallada de los casos de los metros de Sevilla y Cádiz puede verse en el trabajo de Manuel Delgado “Los megaproyectos como forma de apropiación de riqueza y de poder en Andalucía”, dentro del libro Los megaproyectos en Andalucía. Relaciones de poder y apropiación de riqueza. Manuel Delgado y Leandro del Moral (coordinadores). Ed. Aconcagua. 2016. Se puede acceder al capítulo aquí: https://portaldeandalucia.org/a-fondo/los-megaproyectos-como-forma-de-apropiacion-de-riqueza-y-de-poder-en-andalucia/
domingo, 8 de mayo de 2022
Espionaje en Europa. El caso Dreyfus
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| Dreyfus, prisionero en la Guayana francesa en 1898 |
Por Víctor Freyre
Jack Lang, exministro de Cultura francés, encargó en 1985 la ejecución de una estatua del capitán Alfred Dreyfus para ubicarla en el patio de la Escuela Militar de París. Allí mismo, en 1894, Dreyfus había sido humillado públicamente (despojado de sus insignias) antes de partir hacia su encarcelamiento en la Guayana Francesa. Todo por un delito de traición que sus superiores sabían que no había cometido.
Sin embargo, su estatua no pudo resarcir el agravio en aquel lugar tan simbólico: el Ejército rechazó la talla con el razonamiento de que no sería visible para el gran público en el patio de la Escuela Militar, así que la efigie del soldado terminó presidiendo un rincón de los jardines de las Tullerías.
¿Era válido el argumento del Ejército o se negaba a albergar una estatua que le recordaría vergonzosamente una injusticia histórica? La respuesta es una incógnita. Este suceso no tan alejado de nuestros días demuestra cuán hondo caló el caso Dreyfus.
La Francia de finales del siglo XIX era un país sin rumbo, desmoralizado y aturdido. Entre 1870 y 1871 había recibido dos varapalos de los que no conseguía recuperarse. Por un lado, la derrota frente a Prusia, que costó a los galos las regiones de Alsacia y Lorena, representó una humillación ante el clásico enemigo germano.
Por otro, a consecuencia de la debacle ante Prusia, cayó el Segundo Imperio de Napoleón III y entró en escena la Tercera República. Pero era una república muy débil: la primera Asamblea Nacional, paradójicamente, arrojaba una mayoría de diputados monárquicos.
El nuevo régimen empezó a rodar en un clima de crisis política continua, con el miedo a una restauración de la Corona siempre presente, con una prensa ya libre defendiendo apasionadamente una u otra opción política y atacando las demás, con el Ejército y la Iglesia conservando aún buena parte del poder del que gozaron en el Antiguo Régimen, y todo agravado por el creciente papel de los movimientos obreros y el socialismo.
El desequilibrio político quedaba de manifiesto en el hecho de que, en dos decenios, cuatro presidentes de la república dimitieran de su cargo y uno incluso fuera asesinado. Un sentimiento nacionalista de carácter conservador y autoritario fue abriéndose paso en el espectro político en torno a una idea: “amenaza”. La integridad de Francia, según esta ideología, se hallaba amenazada por los alemanes, por los anarquistas... y por los judíos.
El antisemitismo estaba sumamente relacionado con el nacionalismo, como sucedía en otros puntos de Europa. Junto a la exaltación de la identidad nacional aparecía la identificación de un elemento perturbador extranjero contra el que descargar las tensiones, y ese papel recayó sobre los judíos (pese a constituir en Francia una reducida colonia de 80.000 miembros).
Se les acusaba de acaparar la industria y de intoxicar el país a través de los medios de comunicación que estaban en sus manos. Francia, además, contaba con notables antisemitas con cuyos argumentos (pseudocientíficos, y no ya meramente religiosos, como podía suceder en la Edad Media) sustentar este odio.
El propio Voltaire dejó escrito en su Dictionaire Philosophique que los judíos eran un “pueblo bárbaro e ignorante, que durante mucho tiempo [había] conjugado la más sórdida de las avaricias con la más detestable de las supersticiones”. El caldo de cultivo para el escándalo Dreyfus ya estaba preparado.
- El bordereau.
Todo empezó la mañana del 26 de septiembre de 1894. El desencadenante fue el personaje menos conocido de toda la trama: madame Bastian, la encargada de la limpieza de la embajada alemana en París. Los germanos la contrataron por su condición de analfabeta, pero no precisó leer ni escribir para convertirse en agente de la Sección de Estadística del Estado Mayor (eufemística denominación del servicio de espionaje francés).
Madame Bastian recogía cuanto documento encontraba en las papeleras y lo entregaba a su enlace, el comandante Hubert Joseph Henry. Aquel día de septiembre el hallazgo de madame Bastian fue de tal calibre que el jefe del gobierno, Charles Dupuy, convocó al ministro de la Guerra, Auguste Mercier, a un gabinete de crisis y encargó una investigación de urgencia a Jean Sandherr, jefe del servicio secreto.
El descubrimiento de madame Bastian era una nota conocida simplemente como el bordereau en la que un anónimo oficial francés se ofrecía para revelar al agregado militar alemán en París, Max von Schwarzkoppen, los últimos movimientos del Estado Mayor francés.
Por lo que se deducía del bordereau, el misterioso oficial había estado en contacto con varios departamentos del Ejército, y solo una docena de oficiales cumplían este requisito. Uno de ellos era el capitán Alfred Dreyfus, un judío de 35 años.
Los investigadores ojearon las caligrafías de los sospechosos, pero su elección estaba hecha de antemano: Dreyfus era judío y eso le convertía esencialmente en el sospechoso número uno. Sandherr y gran parte de su equipo en el servicio secreto, incluido el comandante Henry, eran notorios antisemitas.
Al ministro Mercier, por su parte, le convenía un culpable judío, pues la prensa derechista había orquestado una campaña contra él por permitir el ingreso de numerosos oficiales hebreos en el ejército francés. El siguiente paso no podía ser otro: el 15 de octubre Dreyfus era arrestado.
Francia, y sobre todo su ejército, precisaba levantar la moral tras la derrota sufrida ante Prusia (en 1894 ya reconvertida en la Alemania unificada). Qué mejor manera de levantar los ánimos que desenmascarando una trama de espionaje alemán en el propio París. De paso, el culpable no sería un bon français, sino un judío. Una pequeña victoria contra los alemanes y una excusa definitiva para justificar el antisemitismo. Dos pájaros de un tiro.
- Estalla el affaire.
Empezó la instrucción del caso (a cargo un experto en grafología del servicio secreto, el comandante Armand du Paty de Clam) sin que Dreyfus supiera de qué se le acusaba. Constantemente era hostigado para escribir extraños textos en los que se incluían frases extraídas del bordereau.
Entre los calígrafos no existía acuerdo, la presión a que estaban sometidos era considerable y uno incluso llegó a inventar la “teoría de la autofalsificación”: la letra del bordereau no era la de Dreyfus pero sí lo habría escrito él, es decir, habría cambiado su caligrafía a propósito para no ser descubierto si sus mensajes eran interceptados.
Paty de Clam mantenía a Dreyfus en prisión a la espera de que por fin apareciese alguna prueba definitiva que lo incriminara. Las evidencias, sin embargo, no llegaban, y los planes para condenar a un militar judío estaban a punto de dar al traste.
Tal como se comprobó, Dreyfus poseía un currículum militar sin mácula, no tenía problemas económicos y, además, su familia había demostrado una lealtad inusual para con Francia: procedentes de Alsacia, los padres de Dreyfus (ricos industriales textiles) emigraron a ese país cuando la región pasó a manos alemanas en 1871. En definitiva, Dreyfus carecía de móvil.
Ante la perspectiva de que fuera puesto en libertad por falta de pruebas, se inició la guerra sucia contra él. El primer paso fue utilizar un arma insólita hasta la época: la prensa. El comandante Henry filtró a los rotativos adecuados (derechistas y antisemitas) la noticia de que Alfred Dreyfus, un oficial judío, estaba detenido por traicionar a la patria. La maquinaria populista se puso en marcha: el detenido se convirtió rápidamente en el culpable.
Los periódicos condenaron a Dreyfus y nadie en Francia creía en su inocencia. La estrategia de Henry había funcionado: ante la presión popular, el gobierno dio el pistoletazo de salida al consejo de guerra contra Alfred Dreyfus. Este, por fin, supo que estaba acusado de alta traición por espiar a favor de Alemania.
Todos los militares que sabían que no existían evidencias contra Dreyfus arriesgaban su reputación en aquel juicio. No podían perder, de modo que Henry, con la aprobación del ministro Mercier, se encargó de nuevo del trabajo sucio. Una vez los jueces se retiraron a deliberar (se preveía una discusión larga e intensa, dada la pobreza de argumentos contra Dreyfus), recibieron un dossier con pruebas documentales contundentes contra el acusado.
Todas aquellas notas, presuntas comunicaciones interceptadas a los alemanes o a sus aliados italianos, estaban amañadas por Henry, quien, saltándose todas las reglas del Código de Justicia Militar, no las puso en conocimiento ni de Dreyfus ni de su abogado. Los jueces reaparecieron en la sala con una condena firme: confinamiento de por vida y degradación.
- El destierro del capitán.
El 5 de enero de 1895, en el patio de la Escuela Militar de París donde noventa años después debía erigirse su efigie, Dreyfus fue despojado de sus insignias y contempló cómo su sable era partido por la mitad. De allí lo trasladaron a su lejano destierro en la isla del Diablo, un penal ubicado en la Guayana Francesa. Solo un golpe del azar podría devolverle la libertad.
Y el azar se materializó en forma de un nuevo hallazgo de madame Bastian. En marzo de 1896 encontró en la papelera de Von Schwarzkoppen una nueva comunicación entre este y su topo francés. Y esta vez la nota llevaba un nombre: comandante Ferdinand Walsin Esterhazy.
El material de madame Bastian llegó a manos del nuevo jefe del espionaje francés, el coronel Georges Picquart (que había sustituido al fallecido antisemita Sandherr). Este no dudó en buscar algún manuscrito de Esterhazy y compararlo con el bordereau...
No cabía duda de que este comandante de origen húngaro era el verdadero traidor, y además tenía un importante móvil económico para vender secretos a los alemanes: estaba abrumado por las deudas, y en el pasado se había visto implicado en varias estafas.
Picquart puso el hallazgo en conocimiento de sus superiores. La respuesta fue tajante: debía olvidar el asunto. Entonces se dio cuenta de que el juicio contra Dreyfus había sido amañado y se convirtió de inmediato en un elemento molesto para el Ejército. Como medida preventiva, se le trasladó al norte de África.
El affaire Dreyfus tomaba un nuevo cariz: una vez cometida la injusticia, el propósito de los militares implicados era salvaguardar el honor del Ejército a toda costa. Aunque fuese por encima de la verdad.
- Comienza la división.
Gracias a la perseverancia y a las continuas entrevistas del hermano del condenado, Mathieu Dreyfus, con todo tipo de personajes influyentes, en Francia empezaron a aparecer algunas voces que insinuaban la existencia de irregularidades en el juicio, sobre todo por el hecho de que Alfred hubiese sido condenado por pruebas que no se habían mencionado durante el proceso. Era el inicio de la fragmentación de Francia en dos bandos: los dreyfusards (partidarios de que se revisara el caso) y los antidreyfusards.
Uno de los contactos de mayor envergadura de Mathieu era el vicepresidente del Senado, Auguste Scheurer-Kestner, alsaciano como los Dreyfus. Este recibió una filtración acerca de los descubrimientos de Picquart, pero no podía hacer nada: su canal de información era absolutamente confidencial.
Para emprender una lucha a favor de la revisión del caso precisaba una prueba a la vista de todos. Y el azar, el gran aliado de Alfred Dreyfus, volvió a actuar. El 10 de noviembre de 1896, un periódico parisino, Le Matin, publicó una fotografía del bordereau (comprada a uno de los hasta cuarenta calígrafos que intervinieron en el proceso).
Un banquero identificó aquella letra como la de uno de sus clientes, el comandante Esterhazy, y lo hizo saber a Mathieu Dreyfus, quien a su vez lo comunicó a Scheurer-Kestner. Por fin encontraba este una prueba que no estuviera vinculada a su pacto de silencio. Presionó convenientemente y el Ejército no tuvo más remedio que convocar un consejo de guerra contra Esterhazy para salvar las apariencias.
El juicio repetía el esquema del de Dreyfus, se basaba solo en el dictamen de unos calígrafos, pero sin muchas dilaciones (y con la mano de Henry falsificando de nuevo pruebas, aunque esta vez a favor del acusado) Esterhazy salió absuelto.
Scheurer-Kestner, por su parte, fue víctima de un auténtico linchamiento por parte de la prensa, que le acusaba de antipatriota, y perdió la vicepresidencia del Senado. Para evitar posteriores sobresaltos, el servicio secreto francés ya había “ordenado” a Esterhazy que cortara sus comunicaciones con Von Schwarzkoppen.
- Zola acusa.
El gobierno de centro derecha, elegido en abril de 1896 y encabezado por Jules Méline, tomó cartas en el asunto. Estuviera o no al tanto de lo ocurrido, su objetivo era claro: evitar un escándalo que hundiera la institución militar y salpicara a la frágil república francesa. Absuelto Esterhazy, fue famosa la declaración de Méline: “No existe ningún affaire Dreyfus”.
Cada vez, sin embargo, eran más los personajes de la vida pública francesa que se daban por enterados de ese caso supuestamente “inexistente”. Y muchos no veían con buenos ojos que se sacrificaran los derechos de un individuo por salvaguardar la integridad nacional.
Sin embargo, el asunto había llegado a un callejón sin salida. Solo en la pluma de Émile Zola, convertido ya en una gloria nacional, estaba la solución.
El 13 de enero de 1898, tres días después de la absolución de Esterhazy, Zola publicó en la prensa su famoso artículo “J’Accuse...!”, una denuncia en toda regla acerca de lo acontecido en el caso Dreyfus. Muchos de los puntos que denunciaba el escritor no podían probarse porque el Ejército ocultaba las evidencias, así que se enfrentó a un juicio por libelo (calumnia en medio escrito).
Le fue impuesta una condena de un año de prisión y una multa de 3.000 francos. Zola huyó a Gran Bretaña con su misión cumplida: su propósito de sacudir la conciencia de los franceses había dado resultado.
La opción dreyfusard ganaba adeptos entre la clase política y el pueblo. Pero el escándalo cada vez quedaba más desnaturalizado: ser dreyfusard era ya más una actitud de izquierda, de oposición a la derecha gobernante, que un sentimiento de justicia hacia un rico oficial judío encarcelado a miles de kilómetros de distancia.
Dreyfus se había convertido en un icono de confrontación política, un instrumento que sirvió para definir, más o menos nítidamente, dos posturas claras en el espectro político: el ala izquierda (en la que socialistas, liberales y radicales acercaron posiciones) y la derecha (que endurecía sus posturas y sentaba las bases que abrirían las puertas a los fascismos).
- La verdad al descubierto.
En junio de 1898 el centro derecha perdía las elecciones. El equipo del nuevo jefe de gobierno, el izquierdista republicano Pierre Waldeck-Rousseau, se mostró más dispuesto a conocer la verdad. El coronel Picquart rompió su silencio, desafió a sus superiores y denunció las falsificaciones de pruebas que habían llevado a Dreyfus a presidio.
El comandante Henry fue arrestado, confesó y horas después aparecía degollado en su celda. Esterhazy no se arriesgó a un nuevo juicio y huyó a Gran Bretaña. Armand du Paty de Clam, el instructor del caso, se retiró del Ejército. Alfred Dreyfus, por su parte, abandonaba la isla del Diablo en julio de 1899 y llegaba a la ciudad de Rennes, donde debía celebrarse la revisión.
El juicio de Rennes fue un pulso entre los partidarios de Dreyfus y los de su principal acusador, el exministro Mercier. Este último tenía aún demasiado peso por todo lo que representaba el honor castrense, y Dreyfus volvía a ser declarado culpable.
El escándalo rozaba ya el ridículo, el “J’Accuse...!” de Zola había contribuido a atraer la simpatía de personas de todo el mundo hacia los dreyfusards. En algunos países, incluso, se anunciaba un boicot a la Exposición Universal de París de 1900... El gobierno ofreció el indulto a Dreyfus, pero este lo rechazó: una y otra vez pregonaba su inocencia, quería la absolución, no el perdón. Finalmente, para terminar con el tormento de su familia, se conformó con la oferta del gobierno.
Dreyfus consiguió que la revisión del caso siguiera su curso, y todas las trampas que se habían cometido para inculparle quedaron al descubierto. En julio de 1906, Alfred Dreyfus, ya declarado inocente, reingresaba en la Escuela Militar de París, esta vez para ser nombrado jefe de escuadrón y recibir la distinción de caballero de la Legión de Honor.
Ironías de la historia, aún estaba activo durante la Primera Guerra Mundial para luchar como teniente coronel contra las facciones alemanas, aquellas a las que se le acusó de ayudar.
Nadie fue juzgado por la injusticia cometida: a semejanza de lo que ocurriría casi un siglo después en Argentina tras la dictadura, el gobierno francés decretó un indulto general, una especie de ley de punto y final (desentrañar quién estaba al corriente de la falsificación de pruebas dentro del Ejército y el gobierno habría provocado una auténtica reacción destructiva en cadena).
Alfred Dreyfus murió en 1935, pero su caso tiene un epílogo sin fin, con resonancias continuas hasta nuestros días. En 1945, por ejemplo, Charles Maurras, uno de los principales colaboracionistas nazis en la época del gobierno de Vichy, exclamó tras el juicio en que sería condenado a cadena perpetua: “¡Esto es la revancha por el caso Dreyfus!”.
En 1994, el ejército francés tuvo que conceder un apresurado retiro a un coronel por publicar un artículo en el que sutilmente ponía en duda la “teoría” de la inocencia de Dreyfus.
En julio de 2019, la ministra de Defensa francesa, Florence Parly, dejaba entender en un discurso la posibilidad de ascender a Dreyfus a general. “Hay cicatrices que pueden aliviarse”, indicaba.
Y es que el affaire es una de las heridas más profundas de la historia reciente de Francia. Su recuerdo se hace visible con cada caso en que se vulneran los derechos de un individuo en el seno de presuntas democracias.
miércoles, 20 de abril de 2022
Putin en 1999: "¡Feliz nuevo milenio!"
Por Ramón Álvarez
Discurso de fin de año de 1999 de Vladímir Putin
Tras ser nombrado por Boris Yeltsin como su sucesor el 31 de diciembre de 1999, el nuevo presidente pronunció el discurso de Fin de Año y realizó un viaje relámpago a Chechenia para aparecer en el programa televisivo de Año Nuevo
"Les prometo que cualquier intento de actuar en contra de la ley y la Constitución rusas será zanjado"
"Rusia ha optado por la democracia y la reforma y se ha convertido en un Estado fuerte e independiente"
- El contexto.
“Vuestra tarea fundamental es poner fin a la desintegración de Rusia. Lo que hacéis es necesario para el país y Rusia os lo agradece”. Éstas fueron las palabras con las que los ciudadanos rusos recibieron un nuevo milenio que, sin efecto 2000, tuvo un inicio tan sorprendente como intenso.
El programa televisivo de Año Nuevo se interrumpió de repente y apareció el recién designado presidente provisional, Vladímir Putin, dirigiéndose a los militares rusos desplegados en Majachkalá, capital de Daguestán y retaguardia del frente de Chechenia.
El caso es que Putin ya había aparecido minutos antes en pantalla para ofrecer su primer discurso presidencial de Fin de Año –que ofrecemos íntegro–, justo antes de que las campanadas del reloj del Kremlin anunciasen con una austeridad eslava que empezaba un nuevo año y una nueva era para el país.
Pero, para sorpresa de propios y extraños, el presidente in péctore quiso dar un golpe de efecto y marcar un perfil propio que lo ha acompañado desde entonces y emprendió un viaje relámpago allí donde el Ejército ruso luchaba por recuperar Grozni y hacer así que su primer acto oficial fuese un reconocimiento a las tropas.
La idea era que el acto se celebrase en Gudermés, la segunda ciudad de Chechenia, bajo control ruso y a escasos 40 kilómetros de la capital. Fue allí adonde Putin, su mujer y el equipo de la televisión rusa se trasladaron desde Majachkalá en helicóptero. Pero el mal tiempo en esas fechas en la cara norte del Cáucaso aconsejó abortar el viaje antes de completarlo y emprender el regreso a Daguestán.
Las campanadas les pillaron en pleno vuelo –no era problema, el discurso de Fin de Año estaba grabado–, y de vuelta en Majachkalá rápidamente se improvisó un homenaje a los militares allí apostados. Sin comerlo ni beberlo y ya de madrugada, varios oficiales se encontraron con un homenaje del flamante presidente interino y con un cuchillo militar de regalo.
Tampoco dio tiempo de cambiar la inscripción de la empuñadura, donde se señalaba que era un regalo del primer ministro, por más que en ese momento Putin ya había culminado un ascenso meteórico hasta la presidencia. El caso es que el equipo de la televisión rusa pudo conectar a tiempo con Moscú y ofrecer el homenaje castrense en pleno programa de variedades.
Era la culminación de una jornada que había empezado de buena mañana con los preparativos de un relevo presidencial que pilló a todo el mundo por sorpresa. Putin apenas llevaba cuatro meses como primer ministro tras haber sido designado por Yeltsin en la enésima crisis de gobierno. Sin embargo, constitucionalmente era quien debía sustituir provisionalmente al presidente si éste renunciaba hasta la convocatoria de elecciones.
En ese momento el primer ministro se encontraba en la cresta de la ola precisamente por su ofensiva en Chechenia a raíz de diversos atentados sangrientos de los rebeldes chechenos en varias ciudades rusas, entre ellas Moscú, y su avance hacia Daguestán. De ser prácticamente un desconocido, la guerra había hecho de Putin un mandatario popular, y en su debut como presidente no quiso ser menos.
Así que tras el traspaso del poder y del maletín nuclear por parte Yeltsin, con el patriarca Alexis II de Moscú y de Toda Rusia como testigo, Putin cumplió con una extensa agenda que le ocupó todo el día –aún se pueden consultar en la web del Kremlin las 16 notas de prensa remitidas a los medios ese día– mientras la noticia de la renuncia de presidente corría como la pólvora por los informativos nacionales e internacionales.
El nuevo presidente se apresuró en firmar un decreto que concedía inmunidad jurídica a presidente saliente, mantuvo una larga serie de reuniones, grabó su primer mensaje presidencial a la nación ante un pobre e improvisado árbol de Navidad y culminó la jornada con su reto personal: presentarse desde el frente como un gran mandatario con ardor guerrero.
- El discurso.
“Queridos amigos,
”En la víspera de Año Nuevo, mi familia y yo habíamos planeamos reunirnos alrededor de la televisión, como probablemente habrán hecho ustedes, para escuchar el discurso del presidente Boris Yeltsin. Pero las cosas han tomado un rumbo diferente.
”El 31 de diciembre de 1999, el primer presidente de Rusia ha decidido renunciar. Y me ha pedido que hoy me dirija al pueblo ruso.
”Hoy me han sido entregados los poderes de jefe de estado. Las elecciones presidenciales se llevarán a cabo en tres meses. Les aseguro que no habrá vacío de poder, ni por un minuto. Les prometo que cualquier intento de actuar en contra de la ley y la Constitución rusas será zanjado.
”El Estado se mantendrá firme para proteger la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad de los medios de comunicación, los derechos de propiedad, estos elementos fundamentales de una sociedad civilizada.
”Las Fuerzas Armadas, el Servicio Federal de Fronteras y las fuerzas del orden están trabajando en el régimen habitual. El Estado continúa defendiendo la seguridad de todos los ciudadanos rusos.
”Al tomar su decisión de dimitir, el presidente actuó en pleno cumplimiento de la constitución. Podremos ver la verdadera importancia de lo que Boris Yeltsin ha hecho por Rusia sólo después de que haya pasado un tiempo. Sin embargo, ya está claro que fue gracias al presidente que Rusia ha optado por la democracia y la reforma, está avanzando hacia estos objetivos, y se ha convertido en un Estado fuerte e independiente.
”Deseo salud y felicidad a Boris Yeltsin, el primer presidente de Rusia.
”El año nuevo siempre ha sido la fiesta más preciada, amable y amada en Rusia. Es una fiesta en la que los sueños se hacen realidad, y esto es especialmente así este año. Creo que los buenos sueños que tenemos se harán realidad.
”Queridos amigos:
”El nuevo año comenzará en unos segundos. Sonriamos a nuestros amigos y parientes, y deseémonos calidez, felicidad y amor. Brindemos por Rusia en el nuevo milenio, por el amor y la paz en cada hogar, por la salud de nuestros padres y de nuestros hijos.
”¡Feliz año nuevo! ¡Feliz nuevo milenio!”
martes, 19 de abril de 2022
¿Llevar a Rusia a la quiebra? Cuando en 1998 entró en suspensión de pagos y Putin salió reforzado
Por Gonzalo Toca Rey
Guerra en Ucrania
Washington asoma en este mes de abril a Rusia al abismo de la suspensión de pagos, pero la última vez que ocurrió algo parecido Vladímir Putin salió reforzado
Moscú tiene que pagar 2.000 millones de dólares en estas semanas a los acreedores internacionales y sabe que difícilmente puede hacerlo si Estados Unidos no descongela parcialmente las reservas que posee el país de Putin en la primera potencia mundial. Hasta ahora, el Departamento del Tesoro había escogido el camino práctico, que consistía en dejar que Rusia “sacase” solo el dinero necesario para devolver lo que debe y permitir que se extendieran los rumores sobre su eventual quiebra para que sus costes de financiación fuesen cada vez mayores, el rublo se desplomase y la guerra y las sanciones estrangulasen su economía.
A partir del lunes 4 de abril, con la matanza de Bucha clavada en las retinas de los líderes occidentales, el escenario ha dado un giro: Washington se ha negado a descongelar 84 millones de dólares de las cuentas de Rusia para que el país haga frente a los intereses de un bono soberano. Ahora los rusos tienen 30 días para encontrar el dinero si no quieren suspender pagos. Y el deseo del Tesoro parece ser que, como no van a poder recurrir a sus “ahorros” en la primera potencia mundial para abonar la factura, acaben viéndose obligados a recortar el gasto en la guerra de Ucrania para devolver lo que deben a sus acreedores.
La Comisión Europea y la Casa Blanca ya han dicho que la masacre de Bucha les llevará a agravar las mismas sanciones que ya podían haber forzado la quiebra de Rusia si el Tesoro americano no hubiese optado por el pragmatismo. Y por eso, quizá debamos empezar a preguntarnos seriamente si a Occidente le conviene que Moscú bordee la suspensión de pagos. Y una forma de valorarlo es acudir al precedente histórico más inmediato, que se produjo con el impacto político de la crisis financiera de 1998, en la que tuvieron que intervenir el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Es verdad que esa crisis podría haber sido más abrumadora que la que, en principio, esperan los analistas ahora para Rusia, porque su economía hoy es mucho más fuerte y los precios de las materias primas de los que depende el país se han disparado. También es cierto que Moscú no se enfrentó entonces ni a unas sanciones que, como las de estos meses, pretenden estrangular sus fuentes de ingresos ni a una guerra como la de Ucrania, donde algunas de las principales potencias mundiales juegan en su contra.
De media, en 1997, los salarios de los rusos (descontando la inflación) eran la mitad que en 1991, y solo el 40% de la población activa cobraba íntegramente y a tiempo sus sueldos todos los meses. Mientras tanto, los bancos locales estuvieron a punto de triplicar sus deudas internacionales entre 1994 y 1997, la deuda pública no dejaba de inflarse y el sistema de recaudación de impuestos era un coladero. Así estaban las cosas cuando, a finales de 1997, estalló la crisis económica del este asiático de la que Rusia se contagió con rapidez, el rublo recibió la embestida de grandes ataques especulativos que anticipaban su colapso y el precio de las materias primas del que dependía Rusia inició un brutal desplome.
Los primeros meses de 1998 fueron aterradores. El PIB, que necesitaba crecer al menos un 2% para compensar el aumento de una deuda desbocada, se hundió casi un 5% en 1998 en términos reales, el barril de petróleo llegó a valer la mitad que el año anterior y los tipos de interés se elevaron hasta el 150%. Mientras el banco central dilapidaba sus reservas para evitar el naufragio de las entidades financieras y una tremenda devaluación del rublo, el presidente Borís Yeltsin echó a todo su gobierno a finales de marzo, escogió a un primer ministro de 35 años del que no se fiaban los inversores y, ante la perplejidad de unos mercados nerviosísimos, el Parlamento tardó casi un mes en nombrarlo.
A partir de agosto, ese nuevo primer ministro de Yeltsin tuvo que dimitir y el Estado tuvo que darse por vencido, dejando que el rublo perdiese dos tercios de su valor, frenando los pagos a sus acreedores domésticos y estableciendo una moratoria para los pagos internacionales. Si ahora nos preocupa que la inflación bordee el 10%, recordemos esto: los rusos, muy empobrecidos, tuvieron que hacer frente a un ascenso de los precios que rebasó el 100% entre 1998 y 1999.
- Coronación meteórica.
Este es el contexto en el que se entiende mejor la coronación de Vladímir Putin, que hasta 1999 solo había sido un alto funcionario a las órdenes del presidente Yeltsin y que, cuando este lo nombró primer ministro en agosto de 1999, no parecía que fuese a durar mucho más que los cuatro predecesores que había tenido en el cargo en el último año y medio. Su falta de autonomía parecía clamorosa (era el propio Yeltsin quien nombraba a los ministros del gabinete de Putin) y, además, carecía de una formación política poderosa que lo apoyase en el Parlamento. Tampoco eran muchos los analistas que esperaban la dimisión de Yeltsin el 31 de diciembre de 1999.
Una pregunta interesante es cómo se consolidó Putin tan rápido y pasó de ser un primer ministro casi provisional a convertirse en el sucesor del hombre más poderoso de Rusia. Lo cierto es que, mientras las familias y las empresas intentaban recuperarse del destrozo, el empobrecimiento y los desórdenes asociados a la crisis financiera que acababan de sufrir, una oleada de pánico invadió el país en septiembre de 1999.
Fue entonces cuando se produjeron los atentados contra cuatro bloques de apartamentos en las ciudades rusas de Buynaksk, Moscú y Volgodonsk, y en los que fueron heridas 1.000 personas y fallecieron 300. Aunque la autoría de algunos de los ataques se ha disputado, lo cierto es que para el gobierno y una porción importante de la población rusa no había muchas dudas: eran los terroristas chechenos, los mismos que de una forma u otra estaban sembrando de violencia Daguestán con su apoyo a los separatistas desde el mes de agosto.
Esa incursión en Daguestán y los atentados en los apartamentos permitieron a Putin liderar con extrema dureza la respuesta del Kremlin en la Segunda Guerra de Chechenia, que provocó decenas de miles de muertos entre los civiles chechenos, sobre todo hasta mayo del año 2000. Los terroristas chechenos, como eran islamistas, podían ser presentados no solo como una amenaza para la integridad territorial de Rusia diez años después de la traumática implosión de la Unión Soviética, sino también como un desafío a los valores cristianos con los que muchos rusos se identifican.
Putin cosechó una considerable popularidad gracias a la sensación de pánico y a su victoria en la confrontación militar. También aprovechó aquellos meses para formar y promover el Partido de la Unidad, la nueva plataforma política de Yeltsin, que concentró casi el 25% de los votos y solo quedó por detrás del Partido Comunista en las elecciones parlamentarias del 19 diciembre de 1999.
El mismo día que Yeltsin dimitió, el 31 de diciembre, Putin aprobó un decreto que exoneraba a su valedor y sus familiares de cualquier delito de corrupción. Era un gesto de gratitud hacia un hombre que no solo le había dejado en herencia su despacho sino también su partido, que apoyó, con una agenda conservadora y nacionalista, todas sus decisiones en la Segunda Guerra de Chechenia. Meses después, en marzo, también le ayudó a ganar las elecciones presidenciales con más de un 50% de los votos en la primera vuelta.
Parece difícil discutir que la crisis económica, que derivó en crisis social y política en 1998 y 1999, contribuyó de un modo considerable a que los rusos le diesen su confianza a un halcón como Vladímir Putin y a una formación “ultra” como el Partido de la Unidad. ¿Hasta qué punto cabe esperar que una suspensión de pagos o una crisis como la que ahora se anuncia para Rusia con las sanciones no vayan a fortalecer otra vez a un líder que explota como pocos la guerra, la miseria y el miedo?
lunes, 18 de abril de 2022
Los oligarcas que auparon a Putin al poder
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| El magnate Vladímir Gusinski (centro) sale en 2003 del juzgado griego donde lucha contra la extradición demandada por Moscú por fraude |
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| El oligarca Borís Berezovski con su guardaespaldas en Moscú en 1999 |
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| Putin con el presidente Borís Yeltsin el 31 de diciembre de 1999, cuando este anunció su renuncia |
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| De izquierda a derecha los oligarcas Mijaíl Fridman, Oleg Deripaska, Alisher Usmanov, Igor Sechin y Gennady Timchenko |
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| Putin y Arkadi Rotenberg en San Petersburgo en 2013 |
Millonarios rusos
Las sanciones contra los oligarcas rusos pretenden cortar la hierba bajo los pies del “sultán” que les puso ahí: Vladímir Putin. Pero enfrentarse al jefe tiene consecuencias
Aristóteles ya caló bastante bien a los oligarcas hace 2.300 años. Escribió que “mientras la tiranía es el tipo de monarquía que solo tiene en cuenta el interés del monarca, la oligarquía mira solo por el interés de los ricos”. Era cierto en la Atenas de la Antigüedad, y es cierto en la Rusia de Vladímir Putin, con la pequeña diferencia de que los oligarcas rusos conocen bien dónde está el límite de su poder.
Ese límite lo marca el recuerdo de un día de octubre de 2003, cuando unos policías enmascarados asaltaron el jet privado del hombre más rico de Rusia. Allí mismo detuvieron a Mijaíl Jodorkovski, un magnate del petróleo que había tenido la osadía de denunciar corruptelas en televisión. Lo encerraron diez años en una cárcel de Siberia y le quitaron sus empresas, que acabaron en manos de un amigo íntimo del presidente ruso.
Jodorkovski vive exiliado en el Reino Unido, así que ha acabado mejor que otros oligarcas que también hablaron de más. Borís Berezovski, dueño de medios de comunicación y de otra petrolera, también tuvo que huir de Rusia tras criticar al presidente, y lo encontraron ahorcado en el baño de su casa de Londres en 2013. Los investigadores todavía no se ponen de acuerdo sobre si fue un suicidio o “lo suicidaron”.
El recuerdo de esos oligarcas caídos está especialmente presente estos días, cuando los países occidentales ponen sus esperanzas en una revuelta contra Putin. La idea es que si haces daño a los millonarios rusos con sanciones, estos presionarán a Putin para que se retire de Ucrania o forzarán su salida del poder. De momento hay poca evidencia de que esté funcionando. Los oligarcas siguen muy mayoritariamente en la trinchera de Putin.
- El nacimiento de una oligarquía.
Es difícil tener simpatía por los oligarcas rusos, ya que casi todos se han hecho ricos de forma bastante oscura. Jodorkovski, el encarcelado por denunciar la corrupción de Putin, se había enriquecido comprando a precio de saldo una petrolera estatal en tiempos de su amigo Borís Yeltsin: pagó algo más de trescientos millones de dólares por unas acciones valoradas en cinco mil, más de quince veces más. A Berezovski, el ahorcado, sus buenas relaciones con el Kremlin lo llevaron a controlar la aerolínea pública rusa y la principal televisión del país.
Los dos formaban parte de la primera generación de oligarcas rusos, la que hizo su fortuna aprovechándose de la desintegración de la URSS en los años noventa. Como toda la economía soviética había estado en manos del Estado, la nueva Rusia del presidente Yeltsin ideó un plan para empezar a privatizarla: en octubre de 1992, se repartieron entre los rusos 148 millones de vales a cambio de su parte de la propiedad de las empresas públicas.
Esos vales se podían vender, pero no había demasiada gente que estuviera en condiciones de comprar: apenas un puñado de personas tenían dinero, principalmente, las que se habían hecho ricas en el mercado negro soviético, o antiguos líderes comunistas que se habían aprovechado de sus cargos. De esos grupos salieron los primeros oligarcas, que, en una economía destrozada, eran los únicos que podían ofrecer algo de dinero por sus vales a una población desesperada por la inflación. Así se hicieron con la propiedad de las hasta entonces empresas públicas.
Con todo, lo peor estaba por llegar. En 1995, Rusia estaba ahogada por la mala situación económica, y el presidente Yeltsin tenía unas elecciones a la vuelta de la esquina con muy malas perspectivas, así que decidió pisar el acelerador en la marcha hacia el capitalismo. Los oligarcas financiaron su campaña, y, a cambio, el Estado les pidió préstamos usando como garantía las acciones de las empresas públicas más valiosas. Cuando Rusia no pudo devolver el dinero, los oligarcas se las quedaron a precio de ganga.
Solo en noviembre y diciembre de 1995, se hicieron con doce grandes empresas públicas en subastas amañadas y a precios irrisorios. Por ejemplo, dos oligarcas se quedaron con el paquete mayoritario de acciones de la petrolera Sibneft por unos doscientos millones de dólares; solo catorce años después, fue renacionalizada por el Estado y uno de ellos recibió una compensación de más de doce mil millones. Una rentabilidad que, como mínimo, llegó al 3.000%.
- Un nuevo jefe.
Fueron precisamente estos oligarcas los que auparon a Putin al poder. Preocupados por la mala salud de Borís Yeltsin, favorecieron como sucesor a un desconocido exagente del KGB, sin saber que acabaría por ser el verdugo de algunos de ellos y el jefe de casi todos. Berezovski, por ejemplo, puso sus grandes medios de comunicación a su servicio durante su primera campaña presidencial, en 2000. Se aseguró de que las palabras de Putin llegaran a los rusos, pero debió prestar más atención a lo que decía su candidato.
Aunque eran los oligarcas quienes financiaban su partido y su campaña, Putin prometía en las entrevistas que “esa clase que fusionaba el poder y la riqueza dejaría de existir”. Interpretaba hábilmente el desprecio que la población rusa sentía por los oligarcas, a los que se acusaba de haber saqueado la riqueza nacional, de abusar de su posición, de crear violencia e inseguridad... Putin supo usar aquel descontento, pero muchos de los oligarcas creían que era solo palabrería y que podrían controlarlo después de las elecciones.
Semanas después de la victoria de Putin, Berezovski contó al Financial Times que entre él y otros seis millonarios rusos controlaban la mitad de la riqueza del país. Tanto él como el otro gran oligarca de los medios de comunicación, Vladímir Gusinski, habían sido fundamentales en el ascenso de Putin, pero al nuevo presidente no le hacían gracia los programas de humor de sus televisiones, en los que un guiñol le parodiaba. Antes de que acabara el año electoral, uno estaba en la cárcel, el otro había tenido que huir del país y los dos habían perdido su fortuna. Era la primera advertencia.
El propio Putin explicó la nueva situación a los oligarcas cara a cara. Pocos meses después de ser elegido, reunió en el Kremlin a los veintiún hombres más ricos de Rusia para ofrecerles algo parecido a un pacto: tenían que obedecerle y no meterse en política, y, a cambio, seguirían ganando dinero. Algunos salieron de la reunión celebrando la promesa del presidente de no revisar las privatizaciones, pero también con un mensaje claro: con Putin se podían hacer negocios, contra Putin se podía acabar encarcelado, o incluso algo peor.
- Los “hombres fuertes”.
El pacto sigue vivo hoy, pero a aquellos oligarcas de primera generación se les han unido otros durante los últimos veinte años. Son los conocidos como “siloviki”, los “hombres fuertes”. La mayoría provienen del aparato soviético, ya sea del KGB, como el propio Putin, o de las Fuerzas Armadas. Todos ellos le deben al presidente sus enormes riquezas y le son leales. Tal vez el mejor ejemplo sea Igor Sechin.
Sechin es el presidente de Rosneft, la mayor empresa de Rusia y responsable de un 6% del suministro mundial de petróleo. Antes de eso, era el secretario de Putin, cuando este era vicealcalde de San Petersburgo y su amigo personal. Todo indica, además, que, al igual que su jefe, trabajó previamente para el KGB. El valor de su fortuna es desconocido, pero, desde la entrada en vigor de las sanciones de la Unión Europea, le han requisado dos yates: uno en Francia, que costó unos 120 millones, y otro en España, valorado en 450.
Si Sechin ha trabajado con Putin durante cuarenta años, hay oligarcas que le conocen desde hace más tiempo todavía. A Arkady Rotenberg sus padres le obligaron a ir a una clase extraescolar de artes marciales, y coincidir en ella con Putin le cambió la vida: cuando su amigo llegó a presidente, le puso a dirigir una nueva empresa pública que controlaba el 30% del mercado del vodka en Rusia. Al mismo tiempo, él y su hermano fundaron un entramado de compañías que empezaron a recibir contratos a dedo por parte de empresas públicas.
En la riqueza de los nuevos oligarcas, los hombres fuertes, a veces es difícil distinguir qué parte es suya y cuál le están guardando al propio Putin. Algunos expertos estiman la fortuna del presidente ruso en más de 180.000 millones de euros, lo que le situaría casi a la cabeza del famoso ranking de millonarios de la revista Forbes, pero es imposible saberlo con certeza. Su verdadero poder no está en su dinero, sino en su capacidad de controlar el dinero de los demás, es decir, de hundir o elevar al resto de los oligarcas rusos.
El politólogo estadounidense Jeffrey A. Winters, el mayor experto mundial en oligarquías, cree que Putin es un tipo de oligarca muy particular, un sultán: “Los oligarcas en Rusia están domesticados, controlados y limitados por una sola figura muy poderosa, la de Putin”. La oligarquía rusa, como todas las que definió Aristóteles, “mira solo por el interés de los ricos”, pero solo una persona decide quién puede ser rico y quién no: Vladímir Putin.






